domingo, 13 de febrero de 2011

INUNDADOS


Unas inundaciones no empiezan cuando un río se desborda. Siempre hay una primera gota de lluvia, a la que siguen otras. ¿Dónde cayó aquella gota pionera en el mes de Agosto de 1983? ¿Bilbao, Llodio, Taranco de Mena? Sólo lo sabe la tierra, que tiene memoria de elefante y guarda el recuerdo del terrón, el árbol o la brizna de hierba que se mojó en los coletazos de aquel verano. Más de 50 personas no volvieron a mojarse con la lluvia nunca más. Las aguas les arrastraron, se ahogaron en pozos que no vieron, sus casas se derrumbaron encima, murieron…

El Valle de Mena sufrió entonces con Vizcaya y Álava el mismo dramático destino porque los meneses compartimos la misma cuenca fluvial que se salió de sus cauces y de sus casillas aquella trágica noche. Los ríos no saben de límites provinciales. El Cadagua, el Nervión y otros ríos que iban a dar a la mar, que es el morir, se rebelaron contra sus riberas naturales y buscaron otros horizontes…

En Agosto de 1983, yo era un estudiante de Periodismo con 22 años y muchas ganas de comerme el mundo. Sin embargo, para darme el banquete de la vida, antes tenía que acabar la carrera en Lejona y encontrar un trabajo, árdua tarea con tasas de paro rondando el 20 por ciento, como hoy día en Hpaña. La diferencia es que ahora, el área de influencia de Euskizofrenia anda con un 10 por ciento de paro mientra que entonces la Comunidad Autónoma Vasca atravesaba su época económicamente más dura de las últimas décadas con el proceso de reconversión industrial que transformó radicalmente su dependencia de la actividad siderúrgica.
Ser joven y no ser millonario siempre ha sido un problema. Y eso que entonces nos conformábamos con mucho menos que los jóvenes de este milenio. 1000 pesetas en el bolsillo (6’01 euros) nos permitían soñar con la compra de un disco de vinilo y varias decenas de cervezas San Miguel. Un servidor, aprendiz de periodista, no podía perder su tiempo veraniego trabajando gratis en medios de comunicación que no pagaban a pelagatos como yo. Aún no había hecho ni una sola práctica en ningún periódico, agencia, radio o televisión. Lo mío no tenía muy buena pinta. 22 años y sin comerme un colín. ¿Qué hacía a cambio? Daba clases particulares en Villasana de Mena a todo aquel veraneante o menés a quien se le hubiesen atragantado los estudios. En aquel verano de 1983, mi casa se convirtió en una Academia que abría cinco horas al día cinco días a la semana. De nueve a doce por la mañana y de tres a cinco por la tarde. Tampoco me podía quejar. Si hacía buen tiempo, podía bañarme con mi palpitante cuadrilla en la piscina del Polideportivo (ver www.palpitant.blogspot.com). Eso sí, las verbenas que para otros podían ser noches sin fin para mí eran como el cuento de Cenicienta. A las dos o las tres de la madrugada, llegaba una carroza-calabaza que me depositaba en casa para estar fresco al día siguiente con el fin de conjugar un verbo en voz pasiva, repasar la Guerra de la Independencia, usar el genitivo sajón o revisar unas raíces cuadradas. Tanto esfuerzo tenía su recompensa. Mis padres me permitían quedarme con el fruto de mi trabajo. Gracias a las cien mil pesetas que llegué a reunir aquel verano, durante el largo y crudo invierno de estudiante podía pagarme mis vicios musicales y las escasas rondas que podía permitirme en los bares.
Recuerdo perfectamente lo que hice la víspera de las inundaciones, el viernes 26 de agosto de 1983. Después de dar mis clases particulares, me convertí en el transportista de “Deportes Cámara”. Mi padre, Manuel Cámara Orive, se había quedado sin perdigones en la tienda. Había que ir a buscarlos a Eibar. Él me pagó el carnet de conducir y había que rentabilizarlo… Aunque suelo perderme en casa cuando voy de mi cama al retrete, logré encontrar la fábrica de la localidad armera. No sé como. A los inconvenientes de mi desorientación natural se unió una cortina de agua que no me abandonó desde Villasana a Eibar. El viaje lo hice con un SEAT 124 que había sido propiedad de mi tío y que acabó usando mi padre después de que mi hermano y yo le destrozáramos su 124 caravana amarillo a la vuelta de unas fiestas de Vallejo. No hubo heridos graves: de los tres ocupantes, uno necesitó una tirita para una verruga que se reventó, otro una aspirina para el dolor de cabeza y el tercero buscó coraje para contarle a Don Manuel que se había quedado sin coche.
Aquel 26 de agosto llovía con furia, sin tregua… Llegué a Villasana con mi cargamento de perdigones y sin novedad, en medio de un oscuro escenario que presagiaba un desenlace que no fui capaz de prever entonces. Ni yo ni casi nadie…
Por la noche, en mi casa dormí a pierna suelta. Mis padres y mis tíos sí que se quedaron con la mosca tras la oreja con tanta agua. No recuerdo que nadie tomase ninguna medida de precaución aunque seguro que en algunos pueblos del Valle de Mena sí que hubo quienes apartaron el ganado de los cauces de los ríos o estuvieron ojo avizor, en duermevela.
En torno a las tres de la madrugada, mi tía despertó a mi madre para contarle lo que estaba pasando. El agua ya era un enorme problema a esas horas. Cuando la situación fue alarmante, los mayores decidieron ir despertando al personal subalterno. Fue mi madre quien me dio la mala noticia en torno a las seis de la mañana de aquel sábado 27 de agosto de 1983. “Jose, levántate, que hay inundaciones”. Los adultos se encargaron de organizar la primera operación de emergencia: subir al segundo piso todos los muebles del primero. El nivel de las aguas seguía subiendo y parecía que no tardaría en inundar la planta principal. La puerta de madera de ciprés que había hecho a medida el Ángel López Torre Gordón Ortiz corría un inminente peligro de mojarse y echar al traste el fino trabajo de este carpintero de la calle La Isla que aún se pasea por Villasana a sus 84 años de edad. Cuenta Ángel a quien le quiera escuchar que esa puerta la hizo con madera de la finca de Rueda, "un medio coronel" que tenía casa en Lezana de Mena.
Aquella noche, casi toda mi familia se encontraba en la casa que construyó junto al río Cadagua mi abuelo materno, Tomás Sáez Ortiz. Son dos semiadosados, aunque para nosotros, los nietos de Tomasín, siempre fue “el chalet”. En casa de mi madre había cuatro personas. En la vivienda de mi difunta tía estaba su familia junto a Tomás y Concha, los abuelitos. Entre las dos casas sólo podíamos comunicarnos por un balcón compartido del segundo piso. Los garajes estaban inundados y era imposible salir afuera. El agua cubría la calle la Isla hasta una altura de casi un metro. La corriente tenía una velocidad salvaje. De vez en cuando, se veían troncos navegando por el centro de la calle. Alguno de ellos había derrumbado el muro de bloques de cemento que había enfrente del bar de Manola. Cedió aquel paredón y la reja metálica que había encima. Nos sentíamos como hormigas en medio del océano. Desde las escaleras de acceso a los garajes podíamos ver que el agua cubría totalmente el sótano de la casa. Dos metros y medio de agua, lodo, restos vegetales e inmundicia. Se perdieron para siempre muchos tesoros familiares, recuerdos de nuestra infancia que habían quedado arrumbados en el fondo de la vivienda.
En casa también me acompañaba una buena amiga de la que me enamoré en 1982. Se llamaba “Praktica MTL 3”. La conocí en una tienda de fotografía de aquella calle bilbaína que no sé si había dejado ya de llamarse Gregorio Balparda para adoptar su nuevo nombre de Autonomía. No recuerdo si me costó 12.000 o 20.000 pesetas. Era una cámara fabricada en la República Democrática Alemana. Todas las operaciones se realizaban de forma manual. Su disparador suena hoy como un tiro de escopeta. Mientras escribo estas líneas la he vuelto a tener entre las manos. Es pesada como una pistola. Ella me inició en el mundo de la fotografía, una disciplina apasionante de la que por cierto he aprendido bien poco. Sin embargo, armado con una cámara he disfrutado, desde hace 29 años, como un niño.

Por aquel entonces, acomplejado por no haber podido hacer ni una sola práctica decente en ningún medio de comunicación, me convertí en colaborador-corresponsal en el Valle de Mena de un periódico que se llamaba “El Papel Burgalés”. Lo editaban unos románticos progresistas que pensaban que era posible competir con la mancheta hegemónica de la provincia: “El Diario de Burgos”. La aventura no duró mucho, pero en aquel verano de 1983 yo hacía mis pinitos con ellos. La mía era una oferta que no pudieron rechazar: mis colaboraciones eran gratuitas, les mandaba crónicas y fotos a través de los amables chóferes de los autobuses de Alsa y ellos me las publicaban… a veces. En aquel entrañable diario había muchos jovencitos burgaleses amantes del periodismo romántico y utópico. Entre sus firmas estaban algunos profesionales como Carlos Salvador o Alejandro Alcalde con quienes acabé compartiendo destino en la misma empresa a partir de 1985: Carlos Salvador es el corresponsal en Moscú de RNE y Alejandro Alcalde llegó a ser corresponsal en Italia y Jordania. Éste último aprobó conmigo en Vitoria una oposición. En mayo de este 2011 habrán pasado 26 años de aquella primavera del 85 en que el destino me convirtió en alavés.
¿Y cómo era yo capaz de revelar los carretes y ampliar las fotos? Muy fácil: mi padre me cedió sus herramientas. Un buen día que le comenté alguna anécdota de la clase de fotografía de la Universidad, Manuel Cámara me pidió que buscase un trasto que había en un rincón del sótano. Era su vieja ampliadora. Con ella se dedicó en los años 50 y 60 a inmortalizar los momentos inolvidables de la infancia de sus hijos. Salvo una mella que tenía en la lente condensadora de luz, funcionaba a la perfección. Mi padre me ayudó a hacer mis primeras fotos utilizando como cubeta una palangana metálica. Su truco diferencial consistía en fijar las fotos con vinagre. Mi padre me había encargado comprar todo lo que hacía falta para revelar fotos, pero se me olvidó el fijador y él recordó que cuando eso le pasaba un buen baño de vinagre hacía las veces. Con el tiempo me compré todo el equipo necesario para poner en marcha un Laboratorio de Revelado en un cuarto de baño de casa. Llamarse Cámara imprimía carácter en mi familia.

¿Veis como me pierdo por los afluentes de la historia? Son las consecuencias de haber vivido inundado. Vuelvo al cauce principal… ¿Qué hice en cuanto mi madre nos despertó? Buscar mi cámara y sacar las primeras fotos desde mi casa. Mi flamante y barato flash me ayudó a inmortalizar primero un coche flotando junto al portal del bloque de pisos que hay enfrente de mi casa. Las ramas del pino que había delante del balcón acabaron quemadas con la luz del flash, pero se puede ver perfectamente cómo los coches meneses son anfibios. Ruedan y navegan.
Después le tocó a la cara de mi hermano Patricio, vestido con una bata. Ajeno a la que se avecinaba, sin importarle el peligro cierto que nos acechaba, Patricio incluso sonrió mirando al pajarito. Entonces el chaval tenía 13 años y era todo un valiente. Tras ellas vinieron decenas y decenas de fotos. Afortunadamente, estaba bien pertrechado de negativos. En aquel entonces, cada disparo costaba sus buenas pesetas y no se podía tener el gatillo fácil como ahora con la foto digital.
En cuanto pude salir de casa, con la bajada de las aguas, comprobé el estado que había quedado la tienda de mi padre. Por aquel entonces ya había abandonado su ubicación en la calle Esprilla, en los locales que acabó comprando Lauri para montar con la Vasqui su “Sindicato 2”. Había reabierto el negocio (Deportes Cámara) en una lonja colindante a nuestra casa. Después de respirar aliviado porque el negocio no había sufrido gravísimos desperfectos, me dediqué a fotografiar el cauce navegable en que se había convertido la calle de La Isla. El agua ya no circulaba como en un torrente, pero había un enorme charco que llegaba desde el Bar de Manola hasta la Casa de Pauli. La Farmacia y el Sindicato fueron objeto de la atención de mi objetivo. Junto a la vieja tienda de los Angulo se podía ver que el agua aún anegaba los bajos pero que no alcanzó el viejo modelo de cabina telefónica adosada que había junto a su entrada.Los garajes del bloque de pisos colindante con mi casa también estaban inundados hasta el techo. En la calle La Isla, los vecinos que tenían la suerte de no poseer plaza de garaje subterráneo pudieron empezar muy pronto la tarea de secado de sus vehículos.

Abrían las puertas y veían con desesperación que se habían quedado sin coche para mucho tiempo. Otros tuvieron que cambiar de vehículo. Durante días y días hubo asientos al sol por doquier. Los talleres mecánicos también tuvieron trabajo a destajo. ¿Qué habrá sido de la tapa de la delco? ¿Se dice así? Creo recordar que era una pieza que no se podía mojar y si se humedecía impedía el arranque del coche. ¿Sigue habiendo tapas de delco en los coches modernos? Seguro que no. El motor de un coche era entonces y es ahora un gran desconocido para mí.

En la Farmacia de Enrique, los medicamentos navegaban por la tienda y el almacen. Buena falta hacían las aspirinas disueltas en agua para tantos quebraderos de cabeza que se desataron río abajo, en todo el Valle de Mena, Llodio y Vizcaya. Sin embargo, para más de medio centenar de personas, aquel diluvio fue el último de sus vidas.
Alrededor de Villasana, la riada tardó mucho más en bajar de nivel. Junto al Hostal Cadagua, la balsa de agua era inmensa pero los coches ya se aventuraban a atravesarla.

También estaba impracticable el camino que va desde Villasana al Cueto, junto a la “presa de la luz” y al matadero (verdadera escuela de carnicería al público en la que los chavales recibíamos toda una lección de vida y muerte en los años 60, cuando podíamos ver el espectáculo de la matanza de vacas y su posterior descuartizamiento… El vapor de agua que salía de las entrañas provocaba un efecto similar al del incienso litúrgico… Y el matarife era el Sumo Sacerdote dotado del inmenso poder que le confería su gran cuchillo… Ni biblia ni cáliz… Sólo sangre vacuna para teñir sus hábitos, su mandil, sus manos poderosas…)

En mi peregrinar de reportero emocionado armado con mi vieja cámara Praktica, me encontré con un caballero tocado con una gorra y vestido con una cazadora blanca que se afanaba en mover una piedra junto a la verja de un muro. Creo que había abierto esa verja para dejar fluir el agua y que no la arrancase de sus bisagras. Para fijarla, acercó una enorme piedra. Justo en ese instante le fotografíe, inmortalizando su gesto para las generaciones futuras: un menés luchando contra la salvaje corriente fluvial. No hay río que pueda con nosotros. La imagen de aquel vecino se convirtió en portada de “El Papel Burgalés” correspondiente al lunes, 29 de Agosto de 1983. El pie de foto decía: “Una persona trata en lo que puede que el agua no entre a su finca”. ¿Trataba de hacer eso? ¿Qué importa? A ver si alguien me localiza al caballero para preguntarle qué es lo que quería hacer…Al día siguiente, el domingo 28, mi cámara se desplazó al pueblo que más sufrió las inundaciones en el Valle de Mena: Villasuso y su pedanía de El Prado. Al llegar a la última cuesta que hay antes de entrar en Vallejo, un cartel decía que la carretera estaba cortada. Me paré, pero no para cambiar de plan. En lontananza se divisaban las figuras de tres monjitas que subían por la carretera hacia Villasana. Una foto estupenda. Lástima que el autor fuese un novato armado de una cámara manual. También es cierto que su digitalización ha quedado más oscura que el negativo original. Pero ahí está. Seguro que las tres monjitas obtuvieron permiso de la madre superiora para desplazarse a los pueblos de los alrededores con el fin de hacer una evaluación de daños…En El Prado, más de 24 horas después de las inundaciones, la situación era dantesca. La carretera del cruce se había convertido en una enorme piscina. Numerosos hombres se afanaban en tratar de reparar el desaguisado. Si no me equivoco, fue en este lugar donde falleció la única víctima menesa de las Inundaciones del 83. Según consta en los periódicos de la época, su nombre era Valeriano Gómez Fernández y tenía 59 años. Se contaba que fue arrastrado por la corriente en un lugar donde el agua había arrancado el asfalto y había un gran sifón que absorbía con fuerza descomunal cualquier objeto que se situase encima, por pesado que fuera. ¿Quién le iba a decir al bueno de Valeriano que se moriría tragado por el agua encima de lo que había sido una carretera comarcal? ¿Qué final nos tiene preparado el destino para cada uno de nosotros? Lo sabremos al final del cuento de la vida de cada cual.Dejé atrás El Prado y me acerqué caminando hasta Villasuso, lugar legendario para los que fuimos jóvenes en los años 70 y 80 en el Valle de Mena. Las campas de Villasuso acogían a finales de agosto unas de las fiestas más populares del municipio, en honor de San Bartolomé. En la pollería se daban cita personajes de todos los pelajes durante las verbenas. Nada que ver con la biodiversidad actual del paisaje urbano y rural. Entonces las categorías humanas eran más simples: había pijos, había macarras, tecnopops, heavies, roqueros, paletos, veraneantes, chulos madrileños, fantasmas de Burgos, farolines de Bilbao… Todos deambulaban por la noche armados de su alcohol preferido buscando la compañía de la persona que cambiase su vida… A mejor, si se podía elegir… A peor, si uno tenía mala suerte… Nunca se sabe con eso del amor… Cupido nos confunde, a veces…Villasuso reflejaba a la perfección un campo de batalla después del fin de las hostilidades. Parecía que los Hunos hubiesen pasado por el Valle y se hubiesen cebado en este pueblo, señorial donde los haya. Las casonas nobles no se habían visto dañadas, pero junto al río quedaban los restos de una pista de autos de choque. Sus chapas metálicas habían sido levantadas por el agua como si hubiesen sido fichas de parchís. Una gigantesca raíz de árbol había acabado anclada junto a uno de sus pilares. La Naturaleza había actuado mostrando al hombre su pequeñez. Ellas, las mujeres, son mucho más grandes, fuertes, inamovibles, resistentes y tenaces…
El asfalto volvió a su sitio en El Prado. Las aguas retornaron a su cauce en Villasuso, en aquella presa de la vieja central eléctrica. Las inundaciones pasaron, pero no fueron las culpables de que aquellas Fiestas desapareciesen del mapa. Hace falta mucha voluntad y trabajo en balde para poner en marcha festejos como aquellos. Quienes organizaban las fiestas se acabaron cansando y nadie tomó su relevo. Años después de 1983 (que alguien me especifique cuándo) Villasuso dejó de honrar con música y verbena a San Bartolomé. Así anda el pobre, como vaca sin cencerro, pese a haber sido uno de los doce apóstoles de Jesucristo. Dice Wikipedia que “se mantuvo ajeno al amor de las cosas en este mundo, vivió pendiente de los amores celestiales y toda su vida permaneció apoyado en la gracia y auxilio divino, no sosteniéndose en sus propios méritos sino sobre la ayuda de Dios”. Así le fue en Villasuso al pobre. Nadie baila ya en su honor…
Aquellos fueron días de fango. Después de bajar las aguas, quedó el barro, el lodo… Pese a su aspecto asqueroso, no era mierda lo que cubría los sótanos, garajes y bajos de tantas y tantas casas. En el jardín de nuestra vivienda quedaron desplegados todos los muebles y enseres que habían quedado inundados. Aquellos armarios, cómodas, aparadores y camas que se retiraban de los pisos superiores solían quedar aparcados en el sótano hasta encontrar un destino mejor. Su destino fue morir ahogados. Deteriorados por la humedad, quedaron para el desguace y acabaron en el vertedero. A saber cuántos “tesoros familiares” conservados con mimo por mi madre fueron destruidos por la riada.
Toda mi familia se afanó en los trabajos de limpieza mientras yo andaba perdido entre mis clases particulares y mis fotografías. Aún resuenan en mis oídos los justos reproches de mi tío Tomás asegurando que ni me manché las manos durante toda aquella Operación Limpieza. En cambio, el propio Tomás, mi tía Pili, mi madre y mis primas se dieron un palizón. Mi hermano Patricio y mi primo Ricardo se portaron como jabatos con sus 13 años. El paisaje después de la batalla contra la el agua era desolador. Por aquel entonces, un rincón del sótano se había convertido en mi hemeroteca, en la que guardaba mi colección de periódicos viejos. Aquella fue la pérdida menos dolorosa. Todo el mundo sabe que un diario sólo sirve para envolver bocadillos. Sin embargo, los periódicos de aquel verano deberían estar aún en mi cuarto ya que se salvaron de las aguas y aquí los tengo, en este blog, fotografiados casi 28 años después.
Las instantáneas de este día reflejan bien a las claras el ímpetu del agua. Consiguió doblar como si fuese papel el muro de bloques de cemento que había frente al bar de Manola. También se llevó por delante la pared que nos separaba del río. Al otro lado de aquella muro, había un sendero junto a la ribera del Cadagua. Por él pasábamos para colocar nuestros reteles en las noches de verano para pescar cangrejos. Por aquel entonces, la raza autóctona campaba a sus anchas en nuestros ríos y su primo americano aún no había llegado para invadir las cuencas fluviales del norte. Cada día de pesca podíamos darnos un auténtico festín. Coger cangrejos en mi casa no era una aventura arriesgada. Bastaba con desplegar los reteles con la horquilla al caer la noche. Dejábamos ocho o diez, bien cargados de carne de despojos: pulmón de vaca y otras lindezas. En cada intermedio de la película o teleserie, mi hermano Oscar, mi padre y yo acudíamos a recoger la cosecha de cangrejos. Sin apenas salir de casa, mientras veíamos la tele, capturabamos decenas de piezas. Todas reglamentarias, por supuesto. En mi familia siempre hemos sido muy obedientes con la legislación vigente…
¿Y qué decir de nuestra piscina familiar? Aquella mítica pileta con forma de riñón que durante nuestra niñez se convirtió en el no va más de la diversión, ofrecía su cara más triste, vacía y embarrada. ¿Para qué llenar piscinas cuando la calle La Isla se había transformado en un río? Hoy día, la tierra cubre esa zona del jardín. Debajo duermen nuestros sueños de infancia. Aquellas mañanas de verano de los años 70 en que el abuelo Tomás era nuestro héroe favorito por haber tenido la maravillosa idea de construir una piscina junto a nuestra casa. De niños, nos parecía de dimensiones olímpicas. Al ir creciendo se nos quedó pequeña y mirábamos con nostalgia y un poco de envidia lo mucho que disfrutaban con cada chapuzón nuestros hermanos pequeños y nuestra sobrina Virginia. Gracias, abuelito.
El mismo lunes 29 de agosto, cargué mi cámara con una película en color y me fui a Paradores. Allí le pedí a un paisano (¿quién será?) que con su cuerpo diese dimensión humana a mis fotos. Con su ayuda reflejé el mordisco que la riada le pegó a la carretera y las dentelladas que le sacudió a un enorme árbol que había junto al asfalto. De no haber estado sus raíces agarradas al alquitrán, seguro que el agua habría acabado derribando el árbol.
Mientras, en El Prado de Villasuso continuaban los trabajos de reconstrucción de las tuberías dañadas. Numerosos hombres se afanaban bajo el sol para acabar lo antes posible. El trabajo comunal es una forma ejemplar de solidaridad colectiva. Suele ser mucho más efectivo ponerse manos a la obra entre unos cuantos vecinos que hacer escritos reclamando a las instituciones que intervengan para hacer algo urgente. A esa labor, en Álava la llamamos “vereda”, por razones que no es difícil imaginar. Allá donde no llegan los peones camineros llegan los vecinos haciendo vereda.
En las campas de Villasuso, el río seguía bajando imponente. El caudal de agua había descendido, pero su fuerza aún impresionaba. Le pedí a un chaval que posase para la cámara en el puente. La estructura de los autos de choque aún permanecía levantada, más de dos días después de la riada.
También un helicóptero se sumó a la fiesta. ¿Del Ejército? ¿De la Policía? ¿Del Ministerio de Obras Públicas? Guiado por la curiosidad, el piloto se acercó a las obras del cruce de El Prado. Tal vez sacaron incluso alguna foto para incluir en su informe. “… todo en orden en el Valle de Mena. La población nos está sacando las castañas del fuego. No necesitamos bajar para completar la inspección ocular. A vista de pájaro, la normalidad es la tónica dominante. Algunos vecinos incluso nos saludan complacidos por nuestra presencia. Abandonamos la zona para tomar unas cervezas en la cantina de la base…”
El martes, 30 de agosto de 1983, el Cadagua aún bajaba caudaloso a su paso por Villasana. El agua seguía mojando las ramas inferiores de los sauces llorones que flanqueaban el cauce entre el Puente del Bar de Manola y el Puente del Sindicato. Tres días después de amainar el temporal, el río seguía mostrando una estampa bravía.
Un día después, el miércoles 31 de agosto seguían los trabajos de limpieza en nuestro sótano. Patricio y Ricardo componían una ejemplar pareja de peones. Tomás, las dos Pilares (madre e hija) e Inés continuaban sacando muebles y enseres a la calle. Con la excusa de mis fotos y mis clases particulares, yo seguía escaqueándome de la dura tarea. Lo mío nunca fue mancharme las manos. Algún día las pagaré todas juntas. Seguro que el destino me reserva una estancia de varios años limpiando letrinas en un campo de concentración o en el infierno. Ojalá haya infierno para que sobrevivamos a la muerte, aunque sea sufriendo.
Enfrente de casa, en la Pastelería La Isla, Metrines seguía sus labores de limpieza en el obrador. El agua había hundido su negocio, pero el bueno de Demetrio le puso buena cara al mal tiempo y trabajó duro para volver a ponerlo en marcha. ¿Cuántas horas dedicaron los meneses a recuperar la normalidad? ¿Cuántas lágrimas derramadas por las pérdidas? ¿Cuántos sueños y planes tuvieron que esperar a una mejor ocasión?
Delante del escaparate, Metrines señalaba el lugar hasta donde llegó el agua. Ahí estaba aquella furgonetilla Citroen “Dos Caballos” con la que iba a llevar su mercancía allá donde hubiese clientela a la que endulzar. La Pastelería La Isla volvió a abrirse, sus bollos de nata volvieron a hacer las delicias de los meneses, el calor del mes de setiembre acabó secando coches, lonjas, tiendas, bajos, garajes… Las cañerías volvieron a su sitio, el agua se encauzó, las inundaciones del 83 se convirtieron en un recuerdo, pero aquel fue el último verano para Valeriano.

4 de febrero de 2011

2 comentarios:

  1. Gracias por esta visión tan personal de esos fatídicos días. Para aquellos que lo vivimos tu crónica es la narración de esa vivencia colectiva que nos hizo entender que además suministrarnos sabrosos cangrejos y truchas, el rio también podía llevarse la ilusión y el trabajo de muchos. Un saludo. Iñaki Amayra.

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  2. Gracias por esta visión tan personal de esos fatídicos días. Para aquellos que lo vivimos tu crónica es la narración de esa vivencia colectiva que nos hizo entender que además suministrarnos sabrosos cangrejos y truchas, el rio también podía llevarse la ilusión y el trabajo de muchos. Un saludo. Iñaki Amayra.

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