sábado, 10 de junio de 2017

!SOY EL PREGONERO DE LAS FIESTAS DE VILLASANA!

     ¿Cuánto hay que pagar por ser el pregonero? Me han dicho que es gratis, a pesar de que con este honor me he convertido en el hombre más feliz del mundo.
      No es la primera vez que me toca abrir las Fiestas de Villasana. Lo hice en 1974, pero sólo se acordarán los más viejos del lugar. No hay fotos, que yo sepa. 43 años después, volveré a repetir lo que me pidió entonces mi padre: sí, Manolo el de Deportes Cámara.
     Ni San Antonio ni Santa Filomena eran meneses. Ellos se lo perdieron. Yo tampoco nací en este hermoso Valle de Mena, aunque me trajeron aquí por primera vez cuando sólo tenía 15 días. Sin embargo, soy menés por los cuatro costados de mis cuatro abuelos.
     Por el costado de quien me dio mi primer apellido, mi abuelo Patricio Cámara Mendívil, que emigró hace un siglo desde Santiago de Tudela a Cuba.
     Mi segundo apellido me lo dio mi único abuelo nacido en Villasana, Tomás Sáez Ortiz, conocido como Tomasín, hombre recio y emprendedor, cuyas manos ayudaron a construir el colegio de monjas.
      Mi tercer apellido es de otra menesa, Josefa Orive Urruela, de Santamaría de Tudela, de la que heredé un genio cambiante.
      Por último, mi cuarto apellido es de la entrañable Concha Gómez Ortiz, mi abuelita de Ordejón en cuya casa natal ha vuelto a reencarnarse el espíritu de mi familia en un niño que se llama Hugo y es la esperanza menesa de los Cámara.
      Mis padres, el cubano Manuel Cámara e Inés Sáez,  nacida en la calle de Enmedio, me enseñaron a amar este valle, con sus santos, sus encantos y sus gentes.
      Me han citado para lanzar el pregón de fiestas el lunes 12 de Junio a las 8 de la tarde. Por fin soy importante. Me puedo morir tranquilo y contárselo a mis padres y abuelos que descansan en el Paraíso de los Meneses, que está encima del bollo de nubes que se forma sobre la Peña. 


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domingo, 18 de octubre de 2015

¿POR QUÉ ROBAN LOS CURAS? CRÓNICA DE UN EXPOLIO. VALLEJO QUIERE SU PILA BAUTISMAL. (CAPÍTULO SEGUNDO. CONTINUARÁ.....)

Pila Bautismal de Vallejo, ubicada en Vivanco de Mena.
    Nos cuesta pensar que un cura pueda robar impunemente a su gente, pero hace casi medio siglo, en un pueblecito burgalés de la España rural del Nacionalcatolicismo, todo era posible. ¿Robó el cura de Vallejo de Mena (Burgos) cuando en mayo de 1969 llamó a un transportista por intermediación de otro sacerdote para encargarle un trabajo? ¿Robó cuando vendió por 30.000 pesetas una pila bautismal románica? Fanio Septién aún recuerda el encargo más feo de su vida, que por cierto jamás cobró.

-    Oye, Fanio, ¿no nos podrías sacar una piedra de la Iglesia?
-   ¿De qué parroquia?
 De la de Vallejo.

     La “piedra” era la pila bautismal de la Iglesia de San Lorenzo de Vallejo, una joya del Románico tallada en piedra en el siglo XII. El edificio fue declarado Patrimonio Artístico por la Junta de Castilla y León en los años 80.
     Gracias al camión-grúa de Fanio, él y su socio empezaron a arrastrar la pila con la ayuda de un
Foto antigua de la pila antes de ser sacada de la Vallejo. 
cable. Como espectador de lujo del expolio estaba Bernardino Ortiz, el cura de Vallejo. El sacerdote había decidido vender una pieza única en la que se habían cristianado durante cientos de años los bebés de Vallejo de Mena. Es una pila bautismal de más de una tonelada de peso y casi metro y medio de altura. Tiene tres partes: una rueda de molino en la base, pie de piedra y la propia pila que tiene forma de media naranja, con un círculo en el que está tallada una cruz. ¿Dónde está el botín de aquel presunto ladrón de alzacuellos blanco? No se ha movido mucho... 
    ¿Quién compró a don Bernardino aquella joya del románico? Fue Merche Helguero, una pudiente mujer que había estudiado en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Cuando ésta murió, su hermano Esteban contrató los servicios de una grúa para cambiar de ubicación la pila bautismal. Ambos vivían muy cerca el uno de la otra. Esteban Helguero era propietario de una Casa Palaciega en Vivanco de Mena. En su jardín trasero, delante del
Jardines de la Casa de Vivanco. A la izqda., la pila bautismal.
garaje y lejos de las miradas de los curiosos, aún se puede ver la pila bautismal que Merche Helguero compró por 30.000 pesetas a don Bernardino, el cura de Vallejo. La grúa trasladó hace décadas a este lugar tanto la pila como una lápida romana.  

      46 años después de aquel expolio, nadie ha movido ni un dedo para devolver a Vallejo lo que es de Vallejo. En este pueblo, se montó la de Dios es Cristo cuando desapareció la pila bautismal de la iglesia. Cuando el Obispo de Santander, José María Villaplana, a cuya diócesis pertenece el Valle de Mena, iba al Santuario de Cantonad a la romería que se celebra cada 8 de mayo, las mujeres del pueblo iban a hablar con él y éste les respondía:

- Este año se la vamos a traer. Ya les hemos encargado a unos frailes que se encarguen del traslado.
- No nos engañe -respondían las mujeres de Vallejo.
- No, hijas, no...

      Año tras año, las buenas palabras del obispo se repetían y el expolio se consolidaba. Vallejo se ha
Casa Palacio de los Helguero. Vivanco.

quedado sin su pila bautismal.
      Esteban Helguero murió. Sus hijos son los actuales propietarios de la Casa Palacio de Vivanco de Mena donde está la pila. Están intentado vender la casa por unos 200 millones de las antiguas pesetas... 1,2 millones de euros. En vida de Esteban, cuando las mujeres de Vallejo fueron a pedirle su devolución, éste les dijo: "ahora mismo hablo con el obispo. Si me lo llegáis a decir antes, os la doy". Y ese mismo año se murió.
       Hace un año, un anónimo menés amante de las bellezas de su valle, hizo las fotos que ilustran este reportaje y las envió a este periodista. Nada ha cambiado desde entonces. La pila bautismal de la iglesia de San Lorenzo de Vallejo sigue en el jardín trasero de la Casa Palacio de Vivanco. ¿Hasta cuándo? Los herederos de Merche y Esteban Helguero deben devolver a Vallejo lo que es de Vallejo. Si es por dinero, abro aquí una cuestación popular para reunir las 30.000 pesetas de aquella compraventa.


Artículo de "El Correo" de 2002 firmado por Luis Gómez en el que los vecinos de Vallejo dieron la cara para reclamar a Don Bernardino que les devolviese la pila bautismal de su iglesia.

jueves, 4 de septiembre de 2014

EL EXPOLIO DE LA CULTURA MENESA (Capítulo Primero)

Agosto 1983. Iglesia de Vallejo
Mi infancia son recuerdos de un guindo de Villasana. Estaba en la trasera de la calle La Isla, donde viví doce veranos de niño y seis duros años de crudos inviernos húmedos en mi adolescencia y juventud. Cuando los mayores daban la orden, los niños teníamos que recoger las guindas que daba aquel árbol de la familia. Era nuestro guindo y por eso podíamos recolectar sus frutos.
En nuestro querido Valle de Mena no todas las personas han distinguido lo que es su propiedad privada y lo que son bienes de la comunidad. Los meneses sabemos bien dónde está aquella pila bautismal que desapareció misteriosamente con las bendiciones de un párroco, aquellas cerámicas de un edificio religioso protegido que alguien cambió de lugar, aquel libro antiguo de incalculable valor que una familia atesoraba en su biblioteca y que algún desaprensivo se llevó con la excusa de hacer unas fotocopias y que, por supuesto, jamás volvió a sus legítimos propietarios. Propiedad privada, bien común... La línea que los separa parece bien fácil de delimitar, pero los amigos de lo ajeno tienen como divisa de su escudo de armas: "Lo mío es mío y lo tuyo también".
San Lorenzo de Vallejo.
Sin embargo, en el Valle de Mena tenemos a gala presumir de un lema heráldico que dice "Para estar, ser hidalgo necesitar". A través de este blog titulado "Memorias de Mena" vamos a ir desgranando con nombres
y apellidos, con fechas y testimonios, quién es quién en el Libro de los Grandes Expoliadores de los Bienes Culturales que son patrimonio del Pueblo. Uno a uno, con pelos y señales. Que se vayan poniendo nerviosos ellos y sus herederos.
Continuará...

domingo, 13 de febrero de 2011

INUNDADOS


Unas inundaciones no empiezan cuando un río se desborda. Siempre hay una primera gota de lluvia, a la que siguen otras. ¿Dónde cayó aquella gota pionera en el mes de Agosto de 1983? ¿Bilbao, Llodio, Taranco de Mena? Sólo lo sabe la tierra, que tiene memoria de elefante y guarda el recuerdo del terrón, el árbol o la brizna de hierba que se mojó en los coletazos de aquel verano. Más de 50 personas no volvieron a mojarse con la lluvia nunca más. Las aguas les arrastraron, se ahogaron en pozos que no vieron, sus casas se derrumbaron encima, murieron…

El Valle de Mena sufrió entonces con Vizcaya y Álava el mismo dramático destino porque los meneses compartimos la misma cuenca fluvial que se salió de sus cauces y de sus casillas aquella trágica noche. Los ríos no saben de límites provinciales. El Cadagua, el Nervión y otros ríos que iban a dar a la mar, que es el morir, se rebelaron contra sus riberas naturales y buscaron otros horizontes…

En Agosto de 1983, yo era un estudiante de Periodismo con 22 años y muchas ganas de comerme el mundo. Sin embargo, para darme el banquete de la vida, antes tenía que acabar la carrera en Lejona y encontrar un trabajo, árdua tarea con tasas de paro rondando el 20 por ciento, como hoy día en Hpaña. La diferencia es que ahora, el área de influencia de Euskizofrenia anda con un 10 por ciento de paro mientra que entonces la Comunidad Autónoma Vasca atravesaba su época económicamente más dura de las últimas décadas con el proceso de reconversión industrial que transformó radicalmente su dependencia de la actividad siderúrgica.
Ser joven y no ser millonario siempre ha sido un problema. Y eso que entonces nos conformábamos con mucho menos que los jóvenes de este milenio. 1000 pesetas en el bolsillo (6’01 euros) nos permitían soñar con la compra de un disco de vinilo y varias decenas de cervezas San Miguel. Un servidor, aprendiz de periodista, no podía perder su tiempo veraniego trabajando gratis en medios de comunicación que no pagaban a pelagatos como yo. Aún no había hecho ni una sola práctica en ningún periódico, agencia, radio o televisión. Lo mío no tenía muy buena pinta. 22 años y sin comerme un colín. ¿Qué hacía a cambio? Daba clases particulares en Villasana de Mena a todo aquel veraneante o menés a quien se le hubiesen atragantado los estudios. En aquel verano de 1983, mi casa se convirtió en una Academia que abría cinco horas al día cinco días a la semana. De nueve a doce por la mañana y de tres a cinco por la tarde. Tampoco me podía quejar. Si hacía buen tiempo, podía bañarme con mi palpitante cuadrilla en la piscina del Polideportivo (ver www.palpitant.blogspot.com). Eso sí, las verbenas que para otros podían ser noches sin fin para mí eran como el cuento de Cenicienta. A las dos o las tres de la madrugada, llegaba una carroza-calabaza que me depositaba en casa para estar fresco al día siguiente con el fin de conjugar un verbo en voz pasiva, repasar la Guerra de la Independencia, usar el genitivo sajón o revisar unas raíces cuadradas. Tanto esfuerzo tenía su recompensa. Mis padres me permitían quedarme con el fruto de mi trabajo. Gracias a las cien mil pesetas que llegué a reunir aquel verano, durante el largo y crudo invierno de estudiante podía pagarme mis vicios musicales y las escasas rondas que podía permitirme en los bares.
Recuerdo perfectamente lo que hice la víspera de las inundaciones, el viernes 26 de agosto de 1983. Después de dar mis clases particulares, me convertí en el transportista de “Deportes Cámara”. Mi padre, Manuel Cámara Orive, se había quedado sin perdigones en la tienda. Había que ir a buscarlos a Eibar. Él me pagó el carnet de conducir y había que rentabilizarlo… Aunque suelo perderme en casa cuando voy de mi cama al retrete, logré encontrar la fábrica de la localidad armera. No sé como. A los inconvenientes de mi desorientación natural se unió una cortina de agua que no me abandonó desde Villasana a Eibar. El viaje lo hice con un SEAT 124 que había sido propiedad de mi tío y que acabó usando mi padre después de que mi hermano y yo le destrozáramos su 124 caravana amarillo a la vuelta de unas fiestas de Vallejo. No hubo heridos graves: de los tres ocupantes, uno necesitó una tirita para una verruga que se reventó, otro una aspirina para el dolor de cabeza y el tercero buscó coraje para contarle a Don Manuel que se había quedado sin coche.
Aquel 26 de agosto llovía con furia, sin tregua… Llegué a Villasana con mi cargamento de perdigones y sin novedad, en medio de un oscuro escenario que presagiaba un desenlace que no fui capaz de prever entonces. Ni yo ni casi nadie…
Por la noche, en mi casa dormí a pierna suelta. Mis padres y mis tíos sí que se quedaron con la mosca tras la oreja con tanta agua. No recuerdo que nadie tomase ninguna medida de precaución aunque seguro que en algunos pueblos del Valle de Mena sí que hubo quienes apartaron el ganado de los cauces de los ríos o estuvieron ojo avizor, en duermevela.
En torno a las tres de la madrugada, mi tía despertó a mi madre para contarle lo que estaba pasando. El agua ya era un enorme problema a esas horas. Cuando la situación fue alarmante, los mayores decidieron ir despertando al personal subalterno. Fue mi madre quien me dio la mala noticia en torno a las seis de la mañana de aquel sábado 27 de agosto de 1983. “Jose, levántate, que hay inundaciones”. Los adultos se encargaron de organizar la primera operación de emergencia: subir al segundo piso todos los muebles del primero. El nivel de las aguas seguía subiendo y parecía que no tardaría en inundar la planta principal. La puerta de madera de ciprés que había hecho a medida el Ángel López Torre Gordón Ortiz corría un inminente peligro de mojarse y echar al traste el fino trabajo de este carpintero de la calle La Isla que aún se pasea por Villasana a sus 84 años de edad. Cuenta Ángel a quien le quiera escuchar que esa puerta la hizo con madera de la finca de Rueda, "un medio coronel" que tenía casa en Lezana de Mena.
Aquella noche, casi toda mi familia se encontraba en la casa que construyó junto al río Cadagua mi abuelo materno, Tomás Sáez Ortiz. Son dos semiadosados, aunque para nosotros, los nietos de Tomasín, siempre fue “el chalet”. En casa de mi madre había cuatro personas. En la vivienda de mi difunta tía estaba su familia junto a Tomás y Concha, los abuelitos. Entre las dos casas sólo podíamos comunicarnos por un balcón compartido del segundo piso. Los garajes estaban inundados y era imposible salir afuera. El agua cubría la calle la Isla hasta una altura de casi un metro. La corriente tenía una velocidad salvaje. De vez en cuando, se veían troncos navegando por el centro de la calle. Alguno de ellos había derrumbado el muro de bloques de cemento que había enfrente del bar de Manola. Cedió aquel paredón y la reja metálica que había encima. Nos sentíamos como hormigas en medio del océano. Desde las escaleras de acceso a los garajes podíamos ver que el agua cubría totalmente el sótano de la casa. Dos metros y medio de agua, lodo, restos vegetales e inmundicia. Se perdieron para siempre muchos tesoros familiares, recuerdos de nuestra infancia que habían quedado arrumbados en el fondo de la vivienda.
En casa también me acompañaba una buena amiga de la que me enamoré en 1982. Se llamaba “Praktica MTL 3”. La conocí en una tienda de fotografía de aquella calle bilbaína que no sé si había dejado ya de llamarse Gregorio Balparda para adoptar su nuevo nombre de Autonomía. No recuerdo si me costó 12.000 o 20.000 pesetas. Era una cámara fabricada en la República Democrática Alemana. Todas las operaciones se realizaban de forma manual. Su disparador suena hoy como un tiro de escopeta. Mientras escribo estas líneas la he vuelto a tener entre las manos. Es pesada como una pistola. Ella me inició en el mundo de la fotografía, una disciplina apasionante de la que por cierto he aprendido bien poco. Sin embargo, armado con una cámara he disfrutado, desde hace 29 años, como un niño.

Por aquel entonces, acomplejado por no haber podido hacer ni una sola práctica decente en ningún medio de comunicación, me convertí en colaborador-corresponsal en el Valle de Mena de un periódico que se llamaba “El Papel Burgalés”. Lo editaban unos románticos progresistas que pensaban que era posible competir con la mancheta hegemónica de la provincia: “El Diario de Burgos”. La aventura no duró mucho, pero en aquel verano de 1983 yo hacía mis pinitos con ellos. La mía era una oferta que no pudieron rechazar: mis colaboraciones eran gratuitas, les mandaba crónicas y fotos a través de los amables chóferes de los autobuses de Alsa y ellos me las publicaban… a veces. En aquel entrañable diario había muchos jovencitos burgaleses amantes del periodismo romántico y utópico. Entre sus firmas estaban algunos profesionales como Carlos Salvador o Alejandro Alcalde con quienes acabé compartiendo destino en la misma empresa a partir de 1985: Carlos Salvador es el corresponsal en Moscú de RNE y Alejandro Alcalde llegó a ser corresponsal en Italia y Jordania. Éste último aprobó conmigo en Vitoria una oposición. En mayo de este 2011 habrán pasado 26 años de aquella primavera del 85 en que el destino me convirtió en alavés.
¿Y cómo era yo capaz de revelar los carretes y ampliar las fotos? Muy fácil: mi padre me cedió sus herramientas. Un buen día que le comenté alguna anécdota de la clase de fotografía de la Universidad, Manuel Cámara me pidió que buscase un trasto que había en un rincón del sótano. Era su vieja ampliadora. Con ella se dedicó en los años 50 y 60 a inmortalizar los momentos inolvidables de la infancia de sus hijos. Salvo una mella que tenía en la lente condensadora de luz, funcionaba a la perfección. Mi padre me ayudó a hacer mis primeras fotos utilizando como cubeta una palangana metálica. Su truco diferencial consistía en fijar las fotos con vinagre. Mi padre me había encargado comprar todo lo que hacía falta para revelar fotos, pero se me olvidó el fijador y él recordó que cuando eso le pasaba un buen baño de vinagre hacía las veces. Con el tiempo me compré todo el equipo necesario para poner en marcha un Laboratorio de Revelado en un cuarto de baño de casa. Llamarse Cámara imprimía carácter en mi familia.

¿Veis como me pierdo por los afluentes de la historia? Son las consecuencias de haber vivido inundado. Vuelvo al cauce principal… ¿Qué hice en cuanto mi madre nos despertó? Buscar mi cámara y sacar las primeras fotos desde mi casa. Mi flamante y barato flash me ayudó a inmortalizar primero un coche flotando junto al portal del bloque de pisos que hay enfrente de mi casa. Las ramas del pino que había delante del balcón acabaron quemadas con la luz del flash, pero se puede ver perfectamente cómo los coches meneses son anfibios. Ruedan y navegan.
Después le tocó a la cara de mi hermano Patricio, vestido con una bata. Ajeno a la que se avecinaba, sin importarle el peligro cierto que nos acechaba, Patricio incluso sonrió mirando al pajarito. Entonces el chaval tenía 13 años y era todo un valiente. Tras ellas vinieron decenas y decenas de fotos. Afortunadamente, estaba bien pertrechado de negativos. En aquel entonces, cada disparo costaba sus buenas pesetas y no se podía tener el gatillo fácil como ahora con la foto digital.
En cuanto pude salir de casa, con la bajada de las aguas, comprobé el estado que había quedado la tienda de mi padre. Por aquel entonces ya había abandonado su ubicación en la calle Esprilla, en los locales que acabó comprando Lauri para montar con la Vasqui su “Sindicato 2”. Había reabierto el negocio (Deportes Cámara) en una lonja colindante a nuestra casa. Después de respirar aliviado porque el negocio no había sufrido gravísimos desperfectos, me dediqué a fotografiar el cauce navegable en que se había convertido la calle de La Isla. El agua ya no circulaba como en un torrente, pero había un enorme charco que llegaba desde el Bar de Manola hasta la Casa de Pauli. La Farmacia y el Sindicato fueron objeto de la atención de mi objetivo. Junto a la vieja tienda de los Angulo se podía ver que el agua aún anegaba los bajos pero que no alcanzó el viejo modelo de cabina telefónica adosada que había junto a su entrada.Los garajes del bloque de pisos colindante con mi casa también estaban inundados hasta el techo. En la calle La Isla, los vecinos que tenían la suerte de no poseer plaza de garaje subterráneo pudieron empezar muy pronto la tarea de secado de sus vehículos.

Abrían las puertas y veían con desesperación que se habían quedado sin coche para mucho tiempo. Otros tuvieron que cambiar de vehículo. Durante días y días hubo asientos al sol por doquier. Los talleres mecánicos también tuvieron trabajo a destajo. ¿Qué habrá sido de la tapa de la delco? ¿Se dice así? Creo recordar que era una pieza que no se podía mojar y si se humedecía impedía el arranque del coche. ¿Sigue habiendo tapas de delco en los coches modernos? Seguro que no. El motor de un coche era entonces y es ahora un gran desconocido para mí.

En la Farmacia de Enrique, los medicamentos navegaban por la tienda y el almacen. Buena falta hacían las aspirinas disueltas en agua para tantos quebraderos de cabeza que se desataron río abajo, en todo el Valle de Mena, Llodio y Vizcaya. Sin embargo, para más de medio centenar de personas, aquel diluvio fue el último de sus vidas.
Alrededor de Villasana, la riada tardó mucho más en bajar de nivel. Junto al Hostal Cadagua, la balsa de agua era inmensa pero los coches ya se aventuraban a atravesarla.

También estaba impracticable el camino que va desde Villasana al Cueto, junto a la “presa de la luz” y al matadero (verdadera escuela de carnicería al público en la que los chavales recibíamos toda una lección de vida y muerte en los años 60, cuando podíamos ver el espectáculo de la matanza de vacas y su posterior descuartizamiento… El vapor de agua que salía de las entrañas provocaba un efecto similar al del incienso litúrgico… Y el matarife era el Sumo Sacerdote dotado del inmenso poder que le confería su gran cuchillo… Ni biblia ni cáliz… Sólo sangre vacuna para teñir sus hábitos, su mandil, sus manos poderosas…)

En mi peregrinar de reportero emocionado armado con mi vieja cámara Praktica, me encontré con un caballero tocado con una gorra y vestido con una cazadora blanca que se afanaba en mover una piedra junto a la verja de un muro. Creo que había abierto esa verja para dejar fluir el agua y que no la arrancase de sus bisagras. Para fijarla, acercó una enorme piedra. Justo en ese instante le fotografíe, inmortalizando su gesto para las generaciones futuras: un menés luchando contra la salvaje corriente fluvial. No hay río que pueda con nosotros. La imagen de aquel vecino se convirtió en portada de “El Papel Burgalés” correspondiente al lunes, 29 de Agosto de 1983. El pie de foto decía: “Una persona trata en lo que puede que el agua no entre a su finca”. ¿Trataba de hacer eso? ¿Qué importa? A ver si alguien me localiza al caballero para preguntarle qué es lo que quería hacer…Al día siguiente, el domingo 28, mi cámara se desplazó al pueblo que más sufrió las inundaciones en el Valle de Mena: Villasuso y su pedanía de El Prado. Al llegar a la última cuesta que hay antes de entrar en Vallejo, un cartel decía que la carretera estaba cortada. Me paré, pero no para cambiar de plan. En lontananza se divisaban las figuras de tres monjitas que subían por la carretera hacia Villasana. Una foto estupenda. Lástima que el autor fuese un novato armado de una cámara manual. También es cierto que su digitalización ha quedado más oscura que el negativo original. Pero ahí está. Seguro que las tres monjitas obtuvieron permiso de la madre superiora para desplazarse a los pueblos de los alrededores con el fin de hacer una evaluación de daños…En El Prado, más de 24 horas después de las inundaciones, la situación era dantesca. La carretera del cruce se había convertido en una enorme piscina. Numerosos hombres se afanaban en tratar de reparar el desaguisado. Si no me equivoco, fue en este lugar donde falleció la única víctima menesa de las Inundaciones del 83. Según consta en los periódicos de la época, su nombre era Valeriano Gómez Fernández y tenía 59 años. Se contaba que fue arrastrado por la corriente en un lugar donde el agua había arrancado el asfalto y había un gran sifón que absorbía con fuerza descomunal cualquier objeto que se situase encima, por pesado que fuera. ¿Quién le iba a decir al bueno de Valeriano que se moriría tragado por el agua encima de lo que había sido una carretera comarcal? ¿Qué final nos tiene preparado el destino para cada uno de nosotros? Lo sabremos al final del cuento de la vida de cada cual.Dejé atrás El Prado y me acerqué caminando hasta Villasuso, lugar legendario para los que fuimos jóvenes en los años 70 y 80 en el Valle de Mena. Las campas de Villasuso acogían a finales de agosto unas de las fiestas más populares del municipio, en honor de San Bartolomé. En la pollería se daban cita personajes de todos los pelajes durante las verbenas. Nada que ver con la biodiversidad actual del paisaje urbano y rural. Entonces las categorías humanas eran más simples: había pijos, había macarras, tecnopops, heavies, roqueros, paletos, veraneantes, chulos madrileños, fantasmas de Burgos, farolines de Bilbao… Todos deambulaban por la noche armados de su alcohol preferido buscando la compañía de la persona que cambiase su vida… A mejor, si se podía elegir… A peor, si uno tenía mala suerte… Nunca se sabe con eso del amor… Cupido nos confunde, a veces…Villasuso reflejaba a la perfección un campo de batalla después del fin de las hostilidades. Parecía que los Hunos hubiesen pasado por el Valle y se hubiesen cebado en este pueblo, señorial donde los haya. Las casonas nobles no se habían visto dañadas, pero junto al río quedaban los restos de una pista de autos de choque. Sus chapas metálicas habían sido levantadas por el agua como si hubiesen sido fichas de parchís. Una gigantesca raíz de árbol había acabado anclada junto a uno de sus pilares. La Naturaleza había actuado mostrando al hombre su pequeñez. Ellas, las mujeres, son mucho más grandes, fuertes, inamovibles, resistentes y tenaces…
El asfalto volvió a su sitio en El Prado. Las aguas retornaron a su cauce en Villasuso, en aquella presa de la vieja central eléctrica. Las inundaciones pasaron, pero no fueron las culpables de que aquellas Fiestas desapareciesen del mapa. Hace falta mucha voluntad y trabajo en balde para poner en marcha festejos como aquellos. Quienes organizaban las fiestas se acabaron cansando y nadie tomó su relevo. Años después de 1983 (que alguien me especifique cuándo) Villasuso dejó de honrar con música y verbena a San Bartolomé. Así anda el pobre, como vaca sin cencerro, pese a haber sido uno de los doce apóstoles de Jesucristo. Dice Wikipedia que “se mantuvo ajeno al amor de las cosas en este mundo, vivió pendiente de los amores celestiales y toda su vida permaneció apoyado en la gracia y auxilio divino, no sosteniéndose en sus propios méritos sino sobre la ayuda de Dios”. Así le fue en Villasuso al pobre. Nadie baila ya en su honor…
Aquellos fueron días de fango. Después de bajar las aguas, quedó el barro, el lodo… Pese a su aspecto asqueroso, no era mierda lo que cubría los sótanos, garajes y bajos de tantas y tantas casas. En el jardín de nuestra vivienda quedaron desplegados todos los muebles y enseres que habían quedado inundados. Aquellos armarios, cómodas, aparadores y camas que se retiraban de los pisos superiores solían quedar aparcados en el sótano hasta encontrar un destino mejor. Su destino fue morir ahogados. Deteriorados por la humedad, quedaron para el desguace y acabaron en el vertedero. A saber cuántos “tesoros familiares” conservados con mimo por mi madre fueron destruidos por la riada.
Toda mi familia se afanó en los trabajos de limpieza mientras yo andaba perdido entre mis clases particulares y mis fotografías. Aún resuenan en mis oídos los justos reproches de mi tío Tomás asegurando que ni me manché las manos durante toda aquella Operación Limpieza. En cambio, el propio Tomás, mi tía Pili, mi madre y mis primas se dieron un palizón. Mi hermano Patricio y mi primo Ricardo se portaron como jabatos con sus 13 años. El paisaje después de la batalla contra la el agua era desolador. Por aquel entonces, un rincón del sótano se había convertido en mi hemeroteca, en la que guardaba mi colección de periódicos viejos. Aquella fue la pérdida menos dolorosa. Todo el mundo sabe que un diario sólo sirve para envolver bocadillos. Sin embargo, los periódicos de aquel verano deberían estar aún en mi cuarto ya que se salvaron de las aguas y aquí los tengo, en este blog, fotografiados casi 28 años después.
Las instantáneas de este día reflejan bien a las claras el ímpetu del agua. Consiguió doblar como si fuese papel el muro de bloques de cemento que había frente al bar de Manola. También se llevó por delante la pared que nos separaba del río. Al otro lado de aquella muro, había un sendero junto a la ribera del Cadagua. Por él pasábamos para colocar nuestros reteles en las noches de verano para pescar cangrejos. Por aquel entonces, la raza autóctona campaba a sus anchas en nuestros ríos y su primo americano aún no había llegado para invadir las cuencas fluviales del norte. Cada día de pesca podíamos darnos un auténtico festín. Coger cangrejos en mi casa no era una aventura arriesgada. Bastaba con desplegar los reteles con la horquilla al caer la noche. Dejábamos ocho o diez, bien cargados de carne de despojos: pulmón de vaca y otras lindezas. En cada intermedio de la película o teleserie, mi hermano Oscar, mi padre y yo acudíamos a recoger la cosecha de cangrejos. Sin apenas salir de casa, mientras veíamos la tele, capturabamos decenas de piezas. Todas reglamentarias, por supuesto. En mi familia siempre hemos sido muy obedientes con la legislación vigente…
¿Y qué decir de nuestra piscina familiar? Aquella mítica pileta con forma de riñón que durante nuestra niñez se convirtió en el no va más de la diversión, ofrecía su cara más triste, vacía y embarrada. ¿Para qué llenar piscinas cuando la calle La Isla se había transformado en un río? Hoy día, la tierra cubre esa zona del jardín. Debajo duermen nuestros sueños de infancia. Aquellas mañanas de verano de los años 70 en que el abuelo Tomás era nuestro héroe favorito por haber tenido la maravillosa idea de construir una piscina junto a nuestra casa. De niños, nos parecía de dimensiones olímpicas. Al ir creciendo se nos quedó pequeña y mirábamos con nostalgia y un poco de envidia lo mucho que disfrutaban con cada chapuzón nuestros hermanos pequeños y nuestra sobrina Virginia. Gracias, abuelito.
El mismo lunes 29 de agosto, cargué mi cámara con una película en color y me fui a Paradores. Allí le pedí a un paisano (¿quién será?) que con su cuerpo diese dimensión humana a mis fotos. Con su ayuda reflejé el mordisco que la riada le pegó a la carretera y las dentelladas que le sacudió a un enorme árbol que había junto al asfalto. De no haber estado sus raíces agarradas al alquitrán, seguro que el agua habría acabado derribando el árbol.
Mientras, en El Prado de Villasuso continuaban los trabajos de reconstrucción de las tuberías dañadas. Numerosos hombres se afanaban bajo el sol para acabar lo antes posible. El trabajo comunal es una forma ejemplar de solidaridad colectiva. Suele ser mucho más efectivo ponerse manos a la obra entre unos cuantos vecinos que hacer escritos reclamando a las instituciones que intervengan para hacer algo urgente. A esa labor, en Álava la llamamos “vereda”, por razones que no es difícil imaginar. Allá donde no llegan los peones camineros llegan los vecinos haciendo vereda.
En las campas de Villasuso, el río seguía bajando imponente. El caudal de agua había descendido, pero su fuerza aún impresionaba. Le pedí a un chaval que posase para la cámara en el puente. La estructura de los autos de choque aún permanecía levantada, más de dos días después de la riada.
También un helicóptero se sumó a la fiesta. ¿Del Ejército? ¿De la Policía? ¿Del Ministerio de Obras Públicas? Guiado por la curiosidad, el piloto se acercó a las obras del cruce de El Prado. Tal vez sacaron incluso alguna foto para incluir en su informe. “… todo en orden en el Valle de Mena. La población nos está sacando las castañas del fuego. No necesitamos bajar para completar la inspección ocular. A vista de pájaro, la normalidad es la tónica dominante. Algunos vecinos incluso nos saludan complacidos por nuestra presencia. Abandonamos la zona para tomar unas cervezas en la cantina de la base…”
El martes, 30 de agosto de 1983, el Cadagua aún bajaba caudaloso a su paso por Villasana. El agua seguía mojando las ramas inferiores de los sauces llorones que flanqueaban el cauce entre el Puente del Bar de Manola y el Puente del Sindicato. Tres días después de amainar el temporal, el río seguía mostrando una estampa bravía.
Un día después, el miércoles 31 de agosto seguían los trabajos de limpieza en nuestro sótano. Patricio y Ricardo componían una ejemplar pareja de peones. Tomás, las dos Pilares (madre e hija) e Inés continuaban sacando muebles y enseres a la calle. Con la excusa de mis fotos y mis clases particulares, yo seguía escaqueándome de la dura tarea. Lo mío nunca fue mancharme las manos. Algún día las pagaré todas juntas. Seguro que el destino me reserva una estancia de varios años limpiando letrinas en un campo de concentración o en el infierno. Ojalá haya infierno para que sobrevivamos a la muerte, aunque sea sufriendo.
Enfrente de casa, en la Pastelería La Isla, Metrines seguía sus labores de limpieza en el obrador. El agua había hundido su negocio, pero el bueno de Demetrio le puso buena cara al mal tiempo y trabajó duro para volver a ponerlo en marcha. ¿Cuántas horas dedicaron los meneses a recuperar la normalidad? ¿Cuántas lágrimas derramadas por las pérdidas? ¿Cuántos sueños y planes tuvieron que esperar a una mejor ocasión?
Delante del escaparate, Metrines señalaba el lugar hasta donde llegó el agua. Ahí estaba aquella furgonetilla Citroen “Dos Caballos” con la que iba a llevar su mercancía allá donde hubiese clientela a la que endulzar. La Pastelería La Isla volvió a abrirse, sus bollos de nata volvieron a hacer las delicias de los meneses, el calor del mes de setiembre acabó secando coches, lonjas, tiendas, bajos, garajes… Las cañerías volvieron a su sitio, el agua se encauzó, las inundaciones del 83 se convirtieron en un recuerdo, pero aquel fue el último verano para Valeriano.

4 de febrero de 2011

jueves, 19 de agosto de 2010

Hace 30 años…


Hace 30 años, en Villasana de Mena no había Festival Internacional de Folklore ni Semana Cultural. El Cine Amania estaba cerrado, no programaba películas, ni teatro, ni conferencias… Las cocinas de los más afamados restaurantes del Valle no rivalizaban entre sí para ofrecer el mejor plato preparado con carne de vaca mochina o cazuelitas exquisitas en unas espléndidas Jornadas Gastronómicas. Los ases del atletismo y el ciclismo no venían al pueblo a recibir homenajes. El deporte que arrastraba más gente al polideportivo era el futbol. El Club Deportivo Menés tenía el corazón partío entre su alma burgalesa y su corazón vizcaíno. A los bravos héroes del balompié local les tocaba jugar en Castilla, pero los desplazamientos eran muy caros para llegar a la otra punta de Burgos y además, en ocasiones, decían que no les recibían muy bien y les llamaban vascos con tono insultante. No en vano, actualmente, el Menés juega en el grupo Primero de la Tercera División Territorial de Vizcaya, disputando sus partidos contra clubes como el Neguri, el Górliz o el Gordejuela.
Hace 30 años, el mejor deporte se practicaba andando de noche para volver de fiestas como las de Vallejo. También podía cogerse una bicicleta para realizar un rallye-poteo por los pueblos del valle, que obligariamente empezaba en el Bar de Antonio, también en Vallejo… Vallejo, siempre Vallejo… Sus fiestas en honor de San Lorenzo, en torno al 10 de Agosto, marcaban un hito en las celebraciones estivales de la juventud. Cualquier encuesta entre meneses y veraneantes que tengan entre 40 y 55 años concluirá que no había fiestas como aquellas, junto a un río que servía para despertar borrachos, aliviar calentones o cerrar la noche con un chapuzón colectivo.
Hace 30 años, los meneses se bañaban en la piscina del polideportivo y jugaban al frontón. Las dos paredes levantadas en una esquina del recinto se convirtieron en la instalación más rentable por el intenso uso que hacían de ellas los aficionados a la pala. Sobre todo con pelota de goma. Hoy día, el frontón está cubierto. Antes, cualquier chaparrón lo inutilizaba. ¿Y qué decir de la cantidad de veces que había que cruzar la valla de alambre de espino que limitaba el polideportivo para buscar las pelotas perdidas en los campos de cereal que había en los alrededores? Algunos jugadores debían pensar que la tienda de deportes de mi padre estaba conchabada con el Ayuntamiento para que no se cerrase la parte superior del frontis con el fin de que Manuel Cámara pudiese vender más pelotas.
Hace 30 años, en el polideportivo también se jugaba a los bolos, concretamente a la modalidad de Pasabolo Tablón, una disciplina en la que los cántabros eran y son los mejores. Por el polideportivo pasó incluso el número 1, José Manuel Llamosas, apodado “El Lobo”. Es una lástima que esta tradición desapareciese en Villasana por falta de relevo generacional. ¡Una pena que los chavales no puedan ver ahora cómo se planta un bolo sobre la mojado y mimado tablón con aquella arcilla que amasaban entre sus dedos los expertos armadores que tantas tardes nos hicieron disfrutar del juego y de su animada charla!
Hace 30 años, no había clubes de ciclismo ni atletismo que incitasen a los niños a gastar su energía sobrante pedaleando o corriendo campo a través. Tampoco había Puntos de Dinamización Juvenil, ni bibliotecas públicas ni locales con conexión gratuita a Internet… ¿Internet? ¿Qué demonios era eso?

Hace 30 años, en Villasana había unos 20 bares y restaurantes. Dividiendo los mil habitantes que podía tener el pueblo entre tanto garito, nos salía una media de 50 personas para mantener cada local tomando cafés, cañas, aperitivos, comidas y cenas. Uno de aquellos establecimientos hosteleros era una discoteca, el River Club, recinto de iniciación de los jóvenes en el complicado arte de la seducción y el flirteo. Allí dentro, casi todas las luces se apagaban cuando sonaba “lo lento” y los más osados buscaban pareja para bailar “a lo agarrao” alguna balada italiana de Sandro Giacobbe o Umberto Tozzi. En el River, cada año, se elegía a las más guapas del Valle, misses, reinas y damas de honor de la belleza. Su grado de hermosura quedaba reflejado en una banda que llevaban con orgullo y algo de vergüenza por encima del talle. Por aquel entonces no había Institutos de la Mujer que afeasen la conducta de los organizadores de tales eventos que trataban a las chicas como ganado de concurso. También estaba el Casino de Mena, al que se entraba sólo previo pago de su correspondiente cuota anual. Su carnet se convertía en un salvoconducto que le licenciaba a uno para codearse con la flor y nata de Villasana, madrileños y vizcaínos con sonoros apellidos cargados de ringorrango. Para más información, leer “Últimas tardes con Teresa”, de Juan Marsé.
Hace 30 años, el principal núcleo de difusión de la cultura era el kiosko situado junto al río Cadagua, frente a la plaza del Ayuntamiento, reconvertido hoy tras su ampliación en oficina de información turística. En su interior, cabía de todo. De ello se encargaban Emilio y su esposa. Montones de periódicos diarios, revistas semanales y libros entraban por la puerta trasera sin que el kiosko reventase nunca por exceso de presión. A través del ventanuco uno podía pedir su ración diaria de información que servía para poder enterarnos de lo que se estaba cociendo en España en plena transición. Revistas como “Cambio 16” nos hacían conscientes de una revolución silenciosa que penetró en el país para transformar un régimen dictatorial en una democracia parlamentaria. Otras publicaciones más subidas de tono nos demostraron que las personas podían desnudarse sin temor al infierno, cuyas llamas no devoraban a los pecadores por mucho que predicasen algunos. Pasado el tiempo, los meneses incluso pudimos empezar a leer “El País”, cuya recepción en el kiosko fue celebrada por muchos como la llegada del maná. Pocas sensaciones de gozo tan intenso he vivido como la de comprar ese periódico los miércoles para leer el artículo de un colombiano llamado Gabriel García Márquez que acabaría convirtiéndose en Premio Nobel. El kiosko de Emilio era la ventana que comunicaba el Valle de Mena con el mundo.
Hace 30 años, en Villasana había otra fuente de aire fresco: la radio. Con el dinero ahorrado dando clases particulares, me compré junto a mi hermano un equipo de música dotado de plato giradiscos y sintonizador. Unos operarios se encargaron de instalar en el tejado de mi casa una antena “de cuernos” con la cual se podían recibir las señales de las nuevas emisoras que inundaban las ondas de libertad. Escuchar Radio 3 en sonido stereo era toda una hazaña. A través de los altavoces llegaban los programas de Carlos Tena, el “Tris Tras Tres” de Carlos Faraco,el “Tiempos Modernos” de Manolo Ferreras, la voz de Fernando Poblet y su interpretación anarcoide de la realidad política, los ecos de “La Barraca”, con Gloria Berrocal, y la música de Ramón Trecet, Jesús Ordovás, Diego Manrique, Carlos Pina, Rafael Abitbol, Juan Ignacio Francia, José Manuel Rodríguez Rodri, Juan de Pablos… Entonces decidí que yo quería trabajar allí.
Hace 30 años, los partidos políticos eran los emisarios de nuevas ideas que se postulaban para gobernar el país. Ya no era obligatorio tener siempre al mismo General dictando leyes e imponiendo su criterio. Con la muerte de Franco, España se dio la vuelta como un calcetín. Jarcha nos animaba a disfrutar de la “Libertad sin ira” y se nos invitó a opinar en las urnas: “Habla, pueblo, habla”. Los españoles empezaron a hablar en las elecciones. Para ponerle cara y ojos a los partidos políticos, se celebraban mítines en los que podíamos escuchar a quienes querían gobernar España. No me perdí ni un solo acto electoral que se me puso a tiro. Daban igual las siglas. Aquello era lo nunca visto y yo tenía que verlo. Los partidos organizaban mítines en Villasana y yo era uno de los cuatro gatos que acudían para oír lo que nos querían decir. Daba igual que aún no tuviese edad para votar. Por aquel entonces empecé a coleccionar pegatinas de partidos políticos o sindicatos que llamaban al voto, a manifestaciones o exigían reivindicaciones de todo tipo. Soplaban aires de libertad y yo necesitaba despeinarme con ellos.
Hace 30 años, éramos 30 años más jóvenes…

Sanlúcar de Barrameda, a 17 de agosto de 2010

miércoles, 11 de agosto de 2010

Castela Vetula, Taranco y Don Jesús.


Estudié Periodismo en Lejona. Siempre que no había huelga, podíamos ir a clase. Entre 1979 y 1984, en la Facultad de Ciencias de la Información del País Vasco se paraba por todo: guerra sucia, torturas policiales de etarras, asesinatos del GAL y el Batallón Vasco Español, reivindicación de la Amnistía… La protesta era parte del calendario lectivo, siempre y cuando no se denunciasen los crímenes de ETA, que por aquel entonces llegaba a asesinar a unas cien personas al año. Levantar la voz contra los gudaris estaba prohibido. Tácitamente todos los alumnos de mi clase sabíamos quienes podían hablar y quienes no en las asambleas que decidían el próximo paro, la próxima huelga... En cierta ocasión, un chaval que intentaba tapar su aspecto infantil tras una incipiente barba se atrevió a hablar desde la tarima en una de esas asambleas. Y lo hizo en nombre de las Juventudes Socialistas. Pensé que ahí acabarían sus días pero, contra pronóstico, no fue lapidado por los talibanes del autodenominado Movimiento de Liberación Nacional Vasco.
En tercero de Periodismo, por aquel entonces, había una asignatura que se llamaba Historia de Euskadi. Hoy día, su profesor habría sido tachado de españolista por aceptar impartir clases sobre ese paisito que ahora se asocia con una comunidad autónoma de tres provincias (perdón, quise decir “Territorios Históricos”… Sí, así, con mayúsculas). Seguro que la asignatura ya habrá sido rebautizada como Historia de Euskal Herria. El profesor Choperena era un tipo tolerante y consentidor. Nos había encargado un trabajo escrito sobre el tema que nos diese la gana. Entre los 250 municipios que componen Euskadi, no había ninguno que me cautivase lo suficiente como para volcarme en su estudio con la necesaria pasión. Le pedí a Choperena que me permitiese trabajar sobre mi tema histórico favorito: el Monasterio de Taranco, en el Valle de Mena, provincia de Burgos. En su acta fundacional se escribió por primera vez la palabra Castilla. Al menos, eso se decía por aquel entonces. Choperena no tuvo ningún inconveniente.
En aquellos años había llegado hasta Villasana la influencia de una Asociación Cultural llamada Castela Vetula, que profundizaba en el estudio de las raíces castellanas de las Merindades del Norte de Burgos. No en vano, el germen de Castilla arraigó y creció saludable en estos parajes. Varias personas de diferente formación académica e ideológica nos reuníamos en Villasana en torno a dicho colectivo. Recuerdo una intensa celebración del Día de las Merindades en Bisjueces, donde me diplomé como camarero de chozna. Todo en aras del engrandecimiento del Pendón de Castilla y en memoria de los valientes comuneros Bravo, Padilla y Maldonado. Aquella erupción seudonacionalista fue como un sarampión que se me curó en un par de veranos.
Armado de los dos libros sobre el Valle de Mena a los que tuve acceso, el del sacerdote Don Ángel Nuño, fechado en 1925 y el del abogado Pepín Bustamante, emprendí la tarea. Los dos volúmenes de la obra del cura eran propiedad de mi familia. El de Bustamante, prestado. Para completar el estudio tuve que realizar numerosas visitas al Archivo y Biblioteca de la Diputación Foral de Vizcaya. Copiando un poco de aquí y otro poco de allá fui dando forma a un mamotreto que situaba históricamente la construcción de aquel Monasterio en honor de San Medel. La guinda fue mi descabellada hipótesis de ciencia ficción histórica: el castellano podría haberse llamado simplemente menés en caso de no haber prosperado la Reconquista y haberse estancado y consolidado el Camino de Santiago en su recorrido próximo a la costa cantábrica. Como para apedrearme… Sin embargo, el profesor Choperena me puso una matrícula de honor. Tal vez por mi notable progresión en el ejercicio de la mecanografía. Ciento y pico folios de trabajo impresionaban a cualquiera en Lejona.
Sin embargo, aquel audaz ejercicio de historia contenía un par de ingredientes interesantes. Por un lado, una colección de fotos del llamado Monte Monasterio, en Taranco de Mena, bajo cuya superficie se esconderán muchos secretos que ninguna institución se ha decidido a excavar aún. Si Taranco hubiese estado en Euskadi, hoy día allí habría un Museo y un Centro de Interpretación. Por otro lado, en “San Medel, Historia de un Monasterio” (que así se llamaba el trabajito) se incluía una traducción de su Acta Fundacional. En dicho documento se asegura que el origen de aquel núcleo de población está en el año 800, fecha en que dos hermanos monjes, Vítulo y Ervigio habrían enumerado cuáles eran todas sus posesiones, que dedicaban a la alabanza de Dios. Tiempo después se ha sabido que dicho Acta Fundacional podría ser un texto apócrifo datado en torno al año 1000.
Para la traducción de ese documento conté con la inestimable ayuda de un buen amigo, sacerdote y compañero de frontón. Hablo de Don Jesús, un cántabro gran aficionado a las traineras y espléndido zaguero de paleta con pelota de goma. Entre partido y partido en el polideportivo de Villasana, el cura Don Jesús accedió a traducir del latín el texto del Acta Fundacional del Monasterio de Taranco. Éste es el elemento más valioso de aquel trabajo universitario.
Durante años mantuve la amistad con aquel sacerdote que siempre sonreía. Cuando perdió la vista, tuvo que abandonar la casita en la que vivía, junto a los antiguos columpios de Villasana. Te cruzabas con él por la calle en sus rutas de paseo y tenías que avisarle de tu presencia unos cuantos metros antes del encuentro para que se parase a charlar al reconocer tu voz. Casi ciego, pasó a ocupar una habitación en el Asilo, donde en cierta ocasión le vi disfrutar de una regata en la televisión de su habitación. Apenas distinguía algunas manchas de color de las traineras que le bastaban para hacerse idea de cómo marchaban las chandas y ciabogas. Sin ver tres en un burro, seguía dando misa en el Colegio de las Monjas y en el Convento. Un buen día se murió. Me enteré tarde. No pude despedirme de él. Era el amigo con el nombre compuesto más raro que he tenido nunca. Don Jesús.

domingo, 8 de agosto de 2010

HIJO DE ALGO


En los albores de los años 80, yo también sufrí una crisis de identidad. Después de varios años comprobando en Vizcaya lo importante que para algunos era la procedencia de los apellidos, acudí a mi Ayuntamiento para pedir el acceso a los datos del padrón. Al funcionario municipal del Valle de Mena que me atendió en Villasana debí inspirarle cierta confianza como nieto de Tomasín que era. Sin tener que insistir mucho sobre mis intenciones, me dieron las llaves del antiguo calabozo. Allí dormían en medio del abandono los libros correspondientes a los registros de habitantes de todo el Valle de Mena. Armado de paciencia, papel y bolígrafo, inicié la búsqueda de mí mismo.
Yo sabía que me apellidaba Cámara Sáez Orive Gómez Mendívil Ortíz Urruela Ortíz, pero con ocho no me bastaba, quería más. Así es como descubrí mi escondido linaje. Nada de aristócratas, ricos hacendados ni gentes de la cultura. Entre mis antepasados eran abrumadora mayoría los agricultores, trabajadores por cuenta ajena, aunque algunos de ellos demostraron estar dotados de cierto espíritu emprendedor. De esta forma, rellené 28 de los 32 primeros huecos de mis apellidos. Un par de bisabuelos procedían de tierras allende el Valle de Mena, Poza de la Sal y Carranza creo recordar. Así es como supe que soy

José Manuel Cámara Sáez Orive Gómez Mendívil Ortíz Urruela Ortíz Novales López Rueda Gómez González Ortíz Valle Caballero Hoyos XXXXX YYYYY Crespo Acha Arana Campo Brizuela Rivas ZZZZZ XXXXX Zorrilla Angulo Trasviña Bustillo Pando.

Ese era yo. Desde entonces, mis 28 apellidos me acompañan dentro de la cartera, no vaya a ser que me cruce con algún pariente perdido y necesitemos echar mano del árbol genealógico para buscar nuestro grado de relación familiar.
De vez en cuando, en ese momento de hinchazón de orgullo en que alguien se pone espléndido asegurando lo vasco que es, yo también sostengo que “soy vasco al 17 por ciento”. La proporción elegida es orientativa, pero me sirve para gastar bromas sobre mi hidalga cuna. Y es que en el Valle de Mena si algo nos sobra es hidalguía. Los meneses somos hijos de algo. Lo dice nuestro escudo de armas: “Para estar, ser hidalgo necesitar”. No se puede estar en Mercadillo, Sopeñano o Nava sin ser cristiano viejo. Malas noticias para las razas semíticas. Menos mal que ya nadie hace caso de la heráldica, la genealogía, la limpieza étnica, las batallas medievales y las guerras de religión. ¿Nadie?